Freddie

Días de mucho, vísperas de nada. Exhibicionismo sentimental

Lunes, Enero 30, 2006

En una hora extraña

La mañana del 25 de Enero escribí esto que no publiqué por parecerme demasiado fatalista, pero hoy tiene sentido.

A veces me doy cuenta de lo trágico que es todo, de la inmensa fragilidad de nuestra vida, de que todo siempre pende de un hilo.
Nos imaginamos de mayores con arrugas y el pelo blanco, esperando la muerte en una hora pálida, pero ni siquiera sabemos que pasará mañana, dentro de una hora, de diez minutos. La hora pálida se convertierte en extraña y todo acaba.
Solo existe la previsión de lo que debería ser, no sabemos que es la certeza, pero abusamos de esa previsión amparados en el ‘eso no me va a pasar a mi’.
Deberíamos reflexionar, sentarnos a pensar, valorar que el dicho tiene razón: ‘no somos (eres) nadie’. Todos tus planes, toda tu arrogancia, toda tu vida puede desaparecer de un plumazo en los próximos segundos.
Esa sí es una realidad constante y tortuosa, por eso no pensamos en ella, porque la propia realidad no nos dejaría vivirla.
Deberíamos decirnos cuanto nos queremos, de que sirve el resto si a fin de cuentas estamos de paso.

posted by Freddie at 10:25 am  

Lunes, Enero 9, 2006

Despertares

Por las mañanas, cuando salgo de casa y bajo la escalera lo hago siempre a oscuras, con la poca luz que se filtra por algunos cristales entre cada rellano.
No me gusta romper tan bruscamente el ví­nculo con la noche, prefiero salir a la luz del dí­a poco a poco, muchas veces me viene a la cabeza una canción de Calamaro “es tarde, se hizo de dia, menos mal que esta nublado”.
Esta mañana ya estaba tan oscuro que no he podido hacerlo, espero que
despues de reyess empiece el proceso inverso, hasta llegar a esas
mañanas soleadas en que oigo a las golondrinas desde el comedor.

posted by Freddie at 14:28 pm  

Martes, Enero 3, 2006

Chacalito listo y el viejo cocodrilo

Cuando era pequeño llegó a mis manos una cinta de cuentos, tení­a muchas de una colección de cuentos clásicos, pero esa era diferente al resto, nunca antes habí­a oí­do aquellos cuentos.
Eran unos cuentos con una narración muy particular y con unos desenlaces extraños y algo crueles.
El que más recuerdo es el del chacalito, y no se como demonios se me ha venido a la cabeza y lo he buscado en google.

Aun recuerdo aquella música y los tonos de voz del narrador…
Juzgad vosotros mismos:

Érase una vez un chacalito a quien gustaban mucho los animales con caparazón. Por eso cada dí­a bajaba a la orilla del rí­o para buscar cangrejos.

Un dí­a que tení­a mucha hambre, metió la pata dentro del agua sin mirar antes -no lo hagáis nunca- y ¡ñac! se la cogió de un bocado el viejo cocodrilo que estaba en el fondo.

-¡Pobre de mí­! -pensó el chacalito-. El viejo cocodrilo me ha cogido la pata con la boca y ahora me comerá. ¿Qué podrí­a hacer para que me soltara?

Pensó un poco y luego se puso a reí­r con todas sus fuerzas.

-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! El señor cocodrilo ya está medio ciego. Ha cogido una vieja raí­z y cree que es mi pata. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! La encontrará muy tierna…

El viejo cocodrilo, que estaba echado en el fondo, entre el fango y los juncos, pensó que las olas del rí­o le enturbiaban la vista. «Toma, se dijo, me he equivocado», y abrió la boca. El chacalito retiró rápidamente la pata y huyó gritando:

-¡Oh, protector de los pobres! Monseñor Cocodrilo habéis sido muy amable de dejarme escapar.

El cocodrilo, rabioso, retorcí­a la cola, pero el chacalito quién sabe dónde paraba.

Estuvo muchos dí­as sin acercarse al rí­o, pero al final tuvo tantas ganas de comer cangrejos que no pudo resistir. Bajó hacia el rí­o con mucho cuidado y, aunque no vio nada raro, quedó un poco lejos hablando solo en voz alta, como tení­a por costumbre.

-Cuando miro las aguas del rí­o, veo los cangrejos como salen del agua. Entonces metó la pata y los cojo… Pero hoy, ¿dónde se habrán escondido?

El viejo cocodrilo, tendido en el fondo del rí­o, entre el fango y los juncos, lo oí­a y pensó.

«Haré como si fuera un cangrejito y cuando el chacalito meta la pata se la cogeré.» Y sacó la punta del morro saliendo del agua… igual que un cangrejito.

El chacalito lo vio en seguida y gritó:

-¡Oh, gracias, monseñor cocodrilo! Gracias por enseñarme el sitio donde estáis, monseñor. Pero hoy me iré a otro sitio para comer. Buenos dí­as.

Y se fue corriendo, corriendo.

Durante quince dí­as el chacalito no se acercó al rí­o; pero pasando este tiempo notó que el estómago le estaba pidiendo una comidita de cangrejos. Con mucho cuidado bajó hacia el rí­o y miró por los alrededores. Ni rastro de cocodrilo. Pero el chacalito no acababa de quedar tranquilo. Quedó un poco lejos, hablando solo en voz alta, como tení­a por costumbre:

-Cuando no veo cangrejos cerca del rí­o, ni saliendo del agua, veo las burbujas de aire que suben por el agua y hacen «puf, puf, puf» y «chap, chap, chap». Y eso me enseña dónde están los cangrejos. Entonces meto la pata en el agua y los cojo. ¿Dónde estarán las burbujas hoy?

El viejo cocodrilo, tendido en el fondo del rí­o, en el fango y los juncos, lo oyó y pensaba:

«Eso es sencillo. Echaré burbujas de agua y cuando el chacalito meta la pata dentro del agua lo cogeré. »

Y empezó a soplar dentro del agua, de manera que las burbujas hací­an un remolino. El chacalito no esperó a que le dijeran quién hací­a aquellas burbujas. Echó un vistazo y se puso a correr con todas sus fuerzas gritando:

-¡Monseñor cocodrilo, protector de los pobres! ¡Cuánta bondad la vuestra de mostrarme el lugar donde yacéis! Pero hoy me iré a otro sitio para comer.

El viejo cocodrilo se puso tan furioso que hasta salió del rí­o y corrió para alcanzar al chacalito; pero el chacalito quién sabe dónde paraba.
Después de esto el chacalito no se atreví­a ya a bajar al rí­o; pero descubrió un rincón lleno de higos silvestres, tan dulces, que cada dí­a iba a comer.
El cocodrilo se lo olió y decidió que antes se dejarí­a matar que perder al chacalito. Se arrastró hasta el lugar de los higos silvestres, recogió un buen montón y se metió debajo.
Muy pronto llegó el chacalito saltando, feliz y tranquilo, pero vigilando siempre. Vio aquel gran montón de higos debajo de la higuera.

«Mmm -pensó-. Esto parece una buena trampa de mi buen amigo, monseñor Cocodrilo. Antes que nada haré una investigación.»

Se quedó quietecito, un poco lejos, hablando solo en voz alta, como tení­a por costumbre.

-Los higos que más me gustan son los maduritos que el viento hace caer del árbol y que en el suelo el viento hace correr de acá para allá. Pero estos higos que hay en este montón no se mueven nada; a lo mejor son malos.

El viejo cocodrilo, escondido bajo el montón, lo oyó y pensó:

« ¡Malhaya este chacal! Tendré que mover los higos para que crea que los mueve el viento.» Y empezó a moverse y retorcerse hasta que los higos cayeron y empezaron a verse las escamas de su piel.
El chacalito no esperó mucho; se puso a correr con todas sus fuerzas gritando:

-Muchas gracias, monseñor Cocodrilo. Sois muy amable de venir hasta aquí­; pero no me da tiempo de saludaros… Buenos dí­as.

El viejo cocodrilo de la rabia que tení­a enseñaba los colmillos; juró que se comerí­a al chacal con la piel y todo. Se arrastró hasta la guarida del chacal, echó la puerta al suelo y entró dentro.
Al poco rato llegó el chacalito saltando, feliz y tranquilo, pero vigilando siempre. Vio el suelo apisonado, como si hubieran arrastrado troncos.

-¿Qué será esto? ¿Qué debe de haber ocurrido?

Después vio la puerta de su casa al suelo y los goznes arrancados. Y volvió a pensar.

«¿Qué será esto? ¿Qué debe haber pasado? Creo que voy a hacer otra in-ves-ti-ga-ción.»

Se quedó quietecito, un poco lejos, hablando solo en voz alta, como tení­a por costumbre:

-¡Qué raro! Mi casita no me dice nada. ¿Por qué no me dices nada hoy, casita mí­a? Cada dí­a me saludabas en cuanto me veí­as llegar. ¿Qué te pasa hoy, casita mí­a?

El viejo cocodrilo, escondido dentro de la casita, lo oyó y pensó:

«Voy a tenerle que hablar, como si fuera su casita; si no este imbécil es capaz de no entrar.» Y procurando hacer una voz muy dulce (cosa difí­cil, como podéis imaginar) dijo:

-¿Qué tal, qué tal, chacalito?

Cuando el chacalito oyó aquella voz empezó a temblar y a pensar:

«Es el viejo cocodrilo; y si no lo mato de una vez será él quien me mate a mí­. ¿Qué voy a hacer?»

Pensó un poco y luego gritó alegremente:

-¡Gracias, casita mí­a! Estoy contento de oí­rte. Entro en seguida; espera sólo un momento que coja las ramas para hacer un buen fuego y cocer la comida.

Cogió un buen montón de ramas, y otro y otro y los fue poniendo delante de la puerta y alrededor de la casa. Luego prendió fuego.
Y las ramas ardieron tanto que el viejo cocodrilo quedó seco y ahumado como un arenque.

posted by Freddie at 9:51 am  

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