Comienza la santa semana,
comienza mi vía crucis,
mi procesión de tonto de capirote,
mi ayuno de uñas mordidas,
penitencia de dedos cortados,
mi buen malvivir.
Me quedo en la Barcelona de la que todos reniegan,
a la que todos vuelven,
con un aborto en blanco y negro,
y una lata vacía.
Como bebo y fumo,
me anestesio,
me olvido,
me revuelvo,
y rezo.
Y un despertar me trae de vuelta,
a una imaginaria gélida,
tortuosa y eternizada.
Nunca más intentaré complacerte,
porque no existe complacencia que valga.
Y rezo,
y me retiro a mi penitencia,
a mi buen malvivir,
hasta el próximo mordisco a doña Cuaresma.