Freddie

Días de mucho, vísperas de nada. Exhibicionismo sentimental

Martes, Enero 3, 2006

Chacalito listo y el viejo cocodrilo

Cuando era pequeño llegó a mis manos una cinta de cuentos, tení­a muchas de una colección de cuentos clásicos, pero esa era diferente al resto, nunca antes habí­a oí­do aquellos cuentos.
Eran unos cuentos con una narración muy particular y con unos desenlaces extraños y algo crueles.
El que más recuerdo es el del chacalito, y no se como demonios se me ha venido a la cabeza y lo he buscado en google.

Aun recuerdo aquella música y los tonos de voz del narrador…
Juzgad vosotros mismos:

Érase una vez un chacalito a quien gustaban mucho los animales con caparazón. Por eso cada dí­a bajaba a la orilla del rí­o para buscar cangrejos.

Un dí­a que tení­a mucha hambre, metió la pata dentro del agua sin mirar antes -no lo hagáis nunca- y ¡ñac! se la cogió de un bocado el viejo cocodrilo que estaba en el fondo.

-¡Pobre de mí­! -pensó el chacalito-. El viejo cocodrilo me ha cogido la pata con la boca y ahora me comerá. ¿Qué podrí­a hacer para que me soltara?

Pensó un poco y luego se puso a reí­r con todas sus fuerzas.

-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! El señor cocodrilo ya está medio ciego. Ha cogido una vieja raí­z y cree que es mi pata. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! La encontrará muy tierna…

El viejo cocodrilo, que estaba echado en el fondo, entre el fango y los juncos, pensó que las olas del rí­o le enturbiaban la vista. «Toma, se dijo, me he equivocado», y abrió la boca. El chacalito retiró rápidamente la pata y huyó gritando:

-¡Oh, protector de los pobres! Monseñor Cocodrilo habéis sido muy amable de dejarme escapar.

El cocodrilo, rabioso, retorcí­a la cola, pero el chacalito quién sabe dónde paraba.

Estuvo muchos dí­as sin acercarse al rí­o, pero al final tuvo tantas ganas de comer cangrejos que no pudo resistir. Bajó hacia el rí­o con mucho cuidado y, aunque no vio nada raro, quedó un poco lejos hablando solo en voz alta, como tení­a por costumbre.

-Cuando miro las aguas del rí­o, veo los cangrejos como salen del agua. Entonces metó la pata y los cojo… Pero hoy, ¿dónde se habrán escondido?

El viejo cocodrilo, tendido en el fondo del rí­o, entre el fango y los juncos, lo oí­a y pensó.

«Haré como si fuera un cangrejito y cuando el chacalito meta la pata se la cogeré.» Y sacó la punta del morro saliendo del agua… igual que un cangrejito.

El chacalito lo vio en seguida y gritó:

-¡Oh, gracias, monseñor cocodrilo! Gracias por enseñarme el sitio donde estáis, monseñor. Pero hoy me iré a otro sitio para comer. Buenos dí­as.

Y se fue corriendo, corriendo.

Durante quince dí­as el chacalito no se acercó al rí­o; pero pasando este tiempo notó que el estómago le estaba pidiendo una comidita de cangrejos. Con mucho cuidado bajó hacia el rí­o y miró por los alrededores. Ni rastro de cocodrilo. Pero el chacalito no acababa de quedar tranquilo. Quedó un poco lejos, hablando solo en voz alta, como tení­a por costumbre:

-Cuando no veo cangrejos cerca del rí­o, ni saliendo del agua, veo las burbujas de aire que suben por el agua y hacen «puf, puf, puf» y «chap, chap, chap». Y eso me enseña dónde están los cangrejos. Entonces meto la pata en el agua y los cojo. ¿Dónde estarán las burbujas hoy?

El viejo cocodrilo, tendido en el fondo del rí­o, en el fango y los juncos, lo oyó y pensaba:

«Eso es sencillo. Echaré burbujas de agua y cuando el chacalito meta la pata dentro del agua lo cogeré. »

Y empezó a soplar dentro del agua, de manera que las burbujas hací­an un remolino. El chacalito no esperó a que le dijeran quién hací­a aquellas burbujas. Echó un vistazo y se puso a correr con todas sus fuerzas gritando:

-¡Monseñor cocodrilo, protector de los pobres! ¡Cuánta bondad la vuestra de mostrarme el lugar donde yacéis! Pero hoy me iré a otro sitio para comer.

El viejo cocodrilo se puso tan furioso que hasta salió del rí­o y corrió para alcanzar al chacalito; pero el chacalito quién sabe dónde paraba.
Después de esto el chacalito no se atreví­a ya a bajar al rí­o; pero descubrió un rincón lleno de higos silvestres, tan dulces, que cada dí­a iba a comer.
El cocodrilo se lo olió y decidió que antes se dejarí­a matar que perder al chacalito. Se arrastró hasta el lugar de los higos silvestres, recogió un buen montón y se metió debajo.
Muy pronto llegó el chacalito saltando, feliz y tranquilo, pero vigilando siempre. Vio aquel gran montón de higos debajo de la higuera.

«Mmm -pensó-. Esto parece una buena trampa de mi buen amigo, monseñor Cocodrilo. Antes que nada haré una investigación.»

Se quedó quietecito, un poco lejos, hablando solo en voz alta, como tení­a por costumbre.

-Los higos que más me gustan son los maduritos que el viento hace caer del árbol y que en el suelo el viento hace correr de acá para allá. Pero estos higos que hay en este montón no se mueven nada; a lo mejor son malos.

El viejo cocodrilo, escondido bajo el montón, lo oyó y pensó:

« ¡Malhaya este chacal! Tendré que mover los higos para que crea que los mueve el viento.» Y empezó a moverse y retorcerse hasta que los higos cayeron y empezaron a verse las escamas de su piel.
El chacalito no esperó mucho; se puso a correr con todas sus fuerzas gritando:

-Muchas gracias, monseñor Cocodrilo. Sois muy amable de venir hasta aquí­; pero no me da tiempo de saludaros… Buenos dí­as.

El viejo cocodrilo de la rabia que tení­a enseñaba los colmillos; juró que se comerí­a al chacal con la piel y todo. Se arrastró hasta la guarida del chacal, echó la puerta al suelo y entró dentro.
Al poco rato llegó el chacalito saltando, feliz y tranquilo, pero vigilando siempre. Vio el suelo apisonado, como si hubieran arrastrado troncos.

-¿Qué será esto? ¿Qué debe de haber ocurrido?

Después vio la puerta de su casa al suelo y los goznes arrancados. Y volvió a pensar.

«¿Qué será esto? ¿Qué debe haber pasado? Creo que voy a hacer otra in-ves-ti-ga-ción.»

Se quedó quietecito, un poco lejos, hablando solo en voz alta, como tení­a por costumbre:

-¡Qué raro! Mi casita no me dice nada. ¿Por qué no me dices nada hoy, casita mí­a? Cada dí­a me saludabas en cuanto me veí­as llegar. ¿Qué te pasa hoy, casita mí­a?

El viejo cocodrilo, escondido dentro de la casita, lo oyó y pensó:

«Voy a tenerle que hablar, como si fuera su casita; si no este imbécil es capaz de no entrar.» Y procurando hacer una voz muy dulce (cosa difí­cil, como podéis imaginar) dijo:

-¿Qué tal, qué tal, chacalito?

Cuando el chacalito oyó aquella voz empezó a temblar y a pensar:

«Es el viejo cocodrilo; y si no lo mato de una vez será él quien me mate a mí­. ¿Qué voy a hacer?»

Pensó un poco y luego gritó alegremente:

-¡Gracias, casita mí­a! Estoy contento de oí­rte. Entro en seguida; espera sólo un momento que coja las ramas para hacer un buen fuego y cocer la comida.

Cogió un buen montón de ramas, y otro y otro y los fue poniendo delante de la puerta y alrededor de la casa. Luego prendió fuego.
Y las ramas ardieron tanto que el viejo cocodrilo quedó seco y ahumado como un arenque.

posted by Freddie at 9:51 am  

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