La mañana del 25 de Enero escribí esto que no publiqué por parecerme demasiado fatalista, pero hoy tiene sentido.
A veces me doy cuenta de lo trágico que es todo, de la inmensa fragilidad de nuestra vida, de que todo siempre pende de un hilo.
Nos imaginamos de mayores con arrugas y el pelo blanco, esperando la muerte en una hora pálida, pero ni siquiera sabemos que pasará mañana, dentro de una hora, de diez minutos. La hora pálida se convertierte en extraña y todo acaba.
Solo existe la previsión de lo que debería ser, no sabemos que es la certeza, pero abusamos de esa previsión amparados en el ‘eso no me va a pasar a mi’.
Deberíamos reflexionar, sentarnos a pensar, valorar que el dicho tiene razón: ‘no somos (eres) nadie’. Todos tus planes, toda tu arrogancia, toda tu vida puede desaparecer de un plumazo en los próximos segundos.
Esa sí es una realidad constante y tortuosa, por eso no pensamos en ella, porque la propia realidad no nos dejaría vivirla.
Deberíamos decirnos cuanto nos queremos, de que sirve el resto si a fin de cuentas estamos de paso.